ASESINATO DEL PAPA JUAN PABLO I ¿Conspiración religiosa o política?

Cuando murió Pablo VI, el 6 de agosto de 1978 a las 9:40 de la noche, bastaron unos minutos para que el mundo tuviera la noticia, pero cuando murió Juan Pablo I recién casi tres horas después del hallazgo del cadáver el Vaticano dio el comunicado, que decía textualmente:

“Esta mañana, 29 de septiembre de 1978, hacia las cinco y media, el secretario particular del Papa, no habiendo encontrado al Santo Padre en la capilla, como de costumbre, le ha buscado en su  habitación y le ha encontrado muerto en la cama, con la luz encendida, como si aún leyera.
El médico, Dr. Renato Buzzonetti, que acudió inmediatamente, ha constatado su muerte, acaecida probablemente hacia las 23 horas del día anterior a causa de un infarto agudo de miocardio”.
La noticia causó sorpresa y estupor. Después se añadió el nombre de Magee, anteriormente secretario de Pablo VI. Realmente, hoy pocas cosas quedan en pie de las afirmadas en dicho comunicado. El propio John Magee, actualmente obispo de Cloyne (Irlanda), ha dicho recientemente que no fue él, sino una religiosa quien encontró muerto a Juan Pablo I:
“Aproximadamente a las 5 de la mañana una monja muy agitada fue a despertarme. ‘El Papa ha  muerto’, me dijo. Preocupada porque el Pontífice  no había tomado el café‚ que las monjas le dejaban todos los días a las 4:30 delante de la puerta de su habitación, había entrado y visto el cuerpo inmóvil. Después había corrido hasta mi habitación para avisarme” .
Magee bajó inmediatamente a la habitación del Papa y constató que, efectivamente, había muerto. Dijo a las religiosas que no tocaran nada y fue a llamar por teléfono al cardenal Villot [1]. Según Magee, eran las 5:40. A continuación llamó al doctor Buzzonetti. Ambos, el cardenal y el doctor, “entraron juntos en la habitación del Papa y constataron con sus propios ojos que el Papa estaba muerto”.
Cuando murió Pablo VI, se publicó un detallado informe médico. Ahora no. Se supone que basta un examen externo del cadáver y un lacónico comunicado oficial para dar respuesta a estos interrogantes: ¿cuándo murió Juan Pablo I? Y sobre todo ¿de qué murió?
Por lo que se refiere al momento de la muerte, la estimación oficial no coincide con la de los embalsamadores, hermanos Signoracci, según lo que dijeron a Yallop: “Al examinar el cadáver antes de que lo trasladaran a la sala Clementina, los hermanos Signoracci habían llegado a la conclusión, por la ausencia del rigor mortis y por la temperatura del cuerpo, que la muerte se había producido, no a las once de la noche del 28 de septiembre, sino entre las cuatro y las cinco de la  madrugada del 29. Sus conclusiones se vieron confirmadas por monseñor Noé, que les dijo que el Papa había muerto poco antes de las cinco de la madrugada”.
Tanto la religiosa que descubrió el cadáver, sor Vincenza, como el secretario Diego Lorenzi confirmaron el detalle de la temperatura del cuerpo, que encontraron todavía tibio.
Sin duda, la cuestión clave es la determinación de la causa de la muerte. Es decir: ¿de qué murió Juan Pablo I?
El obispo de Cuernavaca (Méjico), Méndez Arceo, pidió públicamente que se realizara la autopsia: “Tanto al cardenal Miranda como a mí nos parece que podría ser de mucha utilidad”. Y Franco Antico, de la organización tradicionalista Civiltà Cristiana, solicitó una investigación formal.
De forma tajante, el cardenal Oddi, que con el cardenal Samor‚ fue asistente de Villot durante el período de sede vacante, afirmó que no habría investigación alguna: “He sabido con certeza que el Sagrado Colegio cardenalicio no tomar  mínimamente en examen la eventualidad de una investigación y no aceptar el menor control por parte de nadie y, es más, ni siquiera se tratará la cuestión en el colegio de cardenales”.
Sin embargo, según el diario “La Stampa” de Turín, del 8 de octubre, los cardenales reunidos en congregación general solicitaron conocer las circunstancias precisas de la muerte del Papa Juan Pablo I. El diario señala que “los cardenales, ante los interrogantes que se plantea la ‘opinión pública’ provocados por el hecho de que únicamente fue publicado un breve comunicado anunciando la muerte del Papa, la ausencia de un boletín médico y la negativa del Vaticano a proceder a una autopsia, han solicitado que los medios oficiales de información de la Santa Sede anuncien las circunstancias exactas de la muerte del Pontífice”. Al menos, algún cardenal habría pedido puntualizaciones al respecto. El Vaticano ni confirma ni desmiente esta información; simplemente, no responde.
Pero ¿por qué no se hizo la autopsia? ¿Tenía la Iglesia algo que perder? Responde monseñor Nicolini, autor de una biografía sobre Juan Pablo I y, durante varios años, vicedirector de la sala de prensa del Vaticano (actualmente obispo de Alba, en la provincia italiana de Cuneo): “El Sacro Colegio no ordenó la autopsia porque la consideró superflua, no habiendo duda alguna sobre las causas naturales de la muerte del Papa Luciani. La autopsia no podía sino confirmar cuanto ya se sabía”.
Sin embargo, la pregunta obvia es: ¿cómo se sabía? Más aún:  ¿cómo se podía saber a partir solamente de un examen externo del cadáver? Como diversos especialistas indicaron, es clínicamente imposible explicar la causa de la muerte por infarto de miocardio agudo (y, además, instantáneo) sin la realización de la autopsia.
Además, como veremos después, la forma en que se encuentra el cadáver no responde al cuadro típico del infarto: no ha habido lucha con la muerte. Tampoco existe otra sintomatologí a que lo delate. Ni la baja tensión de Luciani ni su estilo de vida avalan semejante dictamen. Por tanto, no sólo esto, sino todo lo que se dijo después (peso del papado, soledad institucional, etc.) queda justamente en el aire, como hipótesis carente de fundamento, mantenida precisamente por quienes tenían en sus manos la realización de la prueba definitiva y concluyente de la autopsia. Sin duda, el comunicado oficial salió tarde y mal. Se imponía, desde entonces, una fiel reconstrucció n de los hechos.
Al doctor Buzzonetti, que con el doctor Fontana firmó el certificado de defunción, le pregunta Cornwell cuándo vio al Papa por última vez. Ésta es la respuesta:
“Yo puedo ser muy preciso sobre esto. Ni yo ni el profesor Fontana −que era jefe del Servicio Médico Vaticano y que murió en 1979− fuimos llamados nunca a prestar nuestros servicios profesionales al Papa Juan Pablo I. Yo le vi al final del cónclave. Yo era suplente de Fontana. Posteriormente yo creo que le vi en alguna función. Después le vi muerto. Eso es todo”.
El doctor dice no saber nada de las medicinas que tomaba el Papa. Tampoco sabe si estaba sobrecargado de trabajo o deprimido.
Contra lo que afirma Magee, Buzzonetti niega haberse encontrado con el doctor Da Ros, médico personal de Luciani, el domingo 24 de septiembre: “ese encuentro nunca se dió”. Dice también:
Todos los aspectos clínicos de éste asunto de Juan Pablo I están cubiertos por dos secretos: el primero es el secreto profesional, del que nadie me puede liberar; después está el secreto de mi cargo como vicedirector del Servicio Médico de éste Estado del Vaticano. Pero, de cualquier modo, yo no sé nada”.
Según Lorenzi, Buzzonetti llegó muy pronto, pero no preguntó nada: “siendo un buen doctor, no es por criticarle, debería haber dicho, ‘Vamos a ver, señores, ¿han percibido algo la noche anterior?’. Él debería haber estado abierto a todas las posibilidades. Él no es un cualquiera. Usted puede pensar que un doctor del Vaticano debería haber hecho una cierta indagación. ¿Por qué no lo hizo? Bien, no lo hizo, y como resultado yo me estoy volviendo… loco! “.
LA EXTRAÑA MUERTE DE UN PAPA
 
“Juan Pablo I fue asesinado por la ingestión de una dosis fortísima de un vasodilatador”. “Pensaba hacer cambios importantes en la curia del vaticano”. “Los apuntes que tenía en la mano, al ser encontrado muerto, contenían los nombres de los nuevos cargos”.
 
El sacerdote Jesús López Sáez ha escrito un polémico libro cuando, el 29 de septiembre (2003), se cumplieron 25 años de la muerte de quien sólo estuvo 31 días al frente de la Iglesia Católica.
 
“Hay que purificar el templo y echar de él a los mercaderes”. Ésta es la clave teológica que ha llevado a Jesús López Sáez, sacerdote abulense, prestigioso catequista y fundador de la Comunidad de Ayala, a bucear en la escabrosa historia de la muerte de Juan Pablo I.  
Tras 25 años de investigación profunda, sus conclusiones son estremecedoras y echan por tierra la tesis oficial.
La Curia romana, con Juan Pablo II a la cabeza, siempre sostuvo que la muerte del Papa Luciani fue la de un enfermo, incapaz de asumir el tremendo peso de la tiara.
López Sáez sostiene, en cambio, que la muerte del Papa meteorito (sólo estuvo 31 días en el solio pontificio) fue un asesinato orquestado por algunos miembros de la Curia, de la mafia y de la masonería; el asesinato de un Papa en plena forma y tan capaz de regir la Iglesia que estaba pensando en darle un vuelco de 180 grados al Vaticano, a sus dineros y a la Curia romana.
Con la explicación oficial, Roma dio por cerrado el caso. Pero, aún hoy, en toda la cristiandad sigue flotando un aire de misterio y sospecha. La herida se cerró en falso.
De hecho, tras su muerte numerosos obispos y hasta algún cardenal pidieron a Roma una investigación en profundidad.
Jesús López pertenece a este sector minoritario que quiere «lavar» la imagen manchada de un pontificado que pudo ser revolucionario en la Iglesia. Hacer justicia al Papa de la sonrisa y, de pasada, purificar el templo de la Curia y ayudar a que la Iglesia recobre el esplendor evangélico.
Con buenos contactos tanto en España como en el extranjero, con la ayuda de obispos y cardenales amigos, Jesús López plasmó sus primer
 
os hallazgos en el libro Se pedirá cuenta (Editorial Orígenes), publicado 12 años después del misterioso final de Juan Pablo I.
Ya entonces el padre López Sáez intentaba bucear en la turbia historia de la muerte del Papa Luciani, porque «a cada generación se le pedirá cuenta de la sangre de sus profetas».
Pero la consigna en la Iglesia era clara y tajante: “Ningún eclesiástico puede remover las cenizas del Papa Luciani y, ante las múltiples preguntas de los fieles en todo el mundo, los clérigos deben responder con la verdad oficial”.
Pero don Jesús no se dio por vencido y, desde entonces, siguió visitando archivos, consultando fuentes y con protagonistas directos de aquellos acontecimientos que, con la edad y el tiempo, comenzaron a hablar.
 
“EL DIA DE LA CUENTA”
 
Fruto de este trabajo de años es un nuevo libro, El día de la cuenta, en el que plasma sus conclusiones definitivas. Pero a la Iglesia no le gusta que uno de sus más prestigiosos sacerdotes asegure que un Papa fue asesinado y denuncie los tejemanejes de una Curia, “auténtica cueva de ladrones”, dice.
Y le llovieron las presiones de todo tipo. Sentimentales, con cartas de sus amigos. Como la del actual nuncio en Croacia, el español Francisco Javier Lozano, suplicándole que no publique un libro que “tanto mal puede acarrear a la Iglesia de Cristo”.
Le advierte que él no es quien para sentar en el banquillo de los acusados a la Santa Sede.
Y con chantajes afectivos: “Hubiera dado cualquier cosa para que vieras la cara de dolor de la ‘autoridad de la Iglesia’ (Juan Pablo II), cuando hace meses le presenté un breve resumen de tu manuscrito. Esa autoridad está acostumbrada a sufrir por calumnias, por infidelidades, incluso por disparos a bocajarro un 13 de mayo”.
A las presiones afectivas sucedieron las canónicas. El entonces obispo de Avila, Adolfo González Montes, le amenaza por escrito con retirarle las licencias ministeriales (prohibición de celebrar los sacramentos) .
Pero don Jesús no cede. Y recuerda lo que Santa Catalina de Siena decía: “Los ministros de Dios que no denuncian los males de la Iglesia son malos pastores. No tienen perro, el perro de la conciencia, o no les ladra”.
Y él tiene perro y no deja de ladrarle. Y eso que por seguir en sus trece le echaron de la Conferencia Episcopal, donde trabajaba en la comisión de catequesis. Y quizás perdiese la oportunidad de conseguir una mitra y el reconocimiento solemne de la Comunidad de Ayala, por él fundada.
Ahora ha tenido que editar su libro en “edición no venal, para uso privado”. Aun así, de boca en boca y de mano en mano, lleva vendidos más de 2.000 ejemplares.
Y junto a la cascada de reproches, algunas felicitaciones. Como la del obispo Casaldáliga: “Todo tu material es importante para la Historia y para la purificación de la Iglesia”. O la enigmática carta de Eduardo Luciani, hermano del Papa difunto. Aunque sin pronunciarse al respecto, deja planear la sombra de la duda sobre el desenlace de su hermano.
 
 
EDICIÓN PÚBLICA
 
Como buen sacerdote que es, Jesús López siente el corazón dividido ante las conclusiones de su investigación. “Pero en conciencia no puedo callar y, aunque no vivo en estado de miedo, sé que me pueden hacer mucho daño. Pero… Como dice el libro de los Hechos, ‘hemos de obedecer a Dios antes que a los hombres’”.
Incluso, López Sáez está pensando en hacer una edición pública de su libro y lanzarlo a las librerías “para que la gente sepa y los mercaderes salgan del templo”.
“Esta mañana, 29 de septiembre de 1978, hacia las cinco y media, el secretario particular del Papa, no habiendo encontrado al Santo Padre en la capilla, como de costumbre, le ha buscado en su habitación y le ha encontrado muerto en la cama, con la luz encendida, como si aún leyera. El médico, Dr. Renato Buzzonetti, que acudió inmediatamente, ha constatado su muerte, acaecida probablemente hacia las 23 horas del día anterior a causa de un infarto agudo de miocardio”.
Así rezaba el comunicado oficial del Vaticano. Una versión llena de falsedades, según López Sáez. Entre otras: “un diagnóstico sin fundamento (infarto de miocardio agudo y, además, instantáneo), dado por un médico que no conocía a Luciani como paciente, sin realización (oficial) de la autopsia, y una información manipulada sobre el hallazgo del cadáver y sobre las circunstancias de la muerte”.
 
 
¿QUIÉN MATÓ AL PAPA?
 
Hoy está comprobado que Juan Pablo I estaba bien de salud. Lo confirma su médico personal, el doctor Da Ros: “El Papa no ha pasado nunca 24 horas en cama, ni una mañana o una tarde en cama, no ha tenido nunca un dolor de cabeza o una fiebre que le obligase a guardar cama. Gozaba de una buena salud; ningún problema de dieta, comía todo cuanto le ponían delante, no conocía problemas de diabetes o de colesterol; tenía sólo la tensión un poco baja”.
Tener la tensión un poco baja es, para muchos médicos, “un seguro de vida”.
También se sabe que Juan Pablo I no murió de infarto, porque “no hubo lucha con la muerte”. Con el tiempo el propio Vaticano ha reconocido que el primero en encontrarlo no fue monseñor Magee, su secretario, sino sor Vincenza, la monja que lo cuidaba.
Según el relato de esta hermana, “el Papa estaba sentado en la cama, con las gafas puestas y unas hojas de papel en las manos. Tenía la cabeza ladeada hacia la derecha y una pierna estirada sobre la cama. Iniciaba una leve sonrisa”.
¿Qué tenía en las manos? “Evidentemente no tenía el Kempis, como dijo el Vaticano, un libro demasiado grueso para ser sostenido entre los dedos. Los apuntes que tenía eran unas notas sobre la conversación de dos horas que el Papa había tenido con el secretario de Estado, cardenal Villot, la tarde anterior”, dice López Sáez.
En ella, el Papa le había adelantado a su número dos los importantes cambios que pensaba hacer en la Curia. Y ése fue el detonante de su muerte.
¿Cuál fue el arma del crimen? “A pesar de que el Vaticano lo niega, a Juan Pablo I se le hizo la autopsia y por ella se supo que había muerto por la ingestión de una dosis fortísima de un vasodilatador. Se trata de una medicina absolutamente contraindicada para quien tiene la tensión baja, como tenía el Papa. Eso encaja con la forma en la que se encontró el cadáver: No hubo lucha con la muerte, como corresponde a una provocada por sustancia depresora y acaecida en profundo sueño”, explica don Jesús.
La medicación, que no le fue recetada por su médico personal, como él mismo reconoce, se le obligó a tomar o se le inyectó. La mística Erika, en un libro del famoso teólogo y después cardenal Urs von Balthasar, asegura haber tenido una revelación en la que vio a alguien que le inyectaba la medicina al Papa. Y Juan Pablo II le concede la birreta a Von Balthasar sabiendo que, además, la propia Erika dice en el libro que “el Santo Padre lo sabe y lo cree” [que su antecesor fue asesinado].
Por su parte, el ex embajador francés, Roger Peyrefitte, autor de La sotana roja, asegura que al Papa le puso la inyección letal el mafioso Brucciato −después murió en un atentado contra Roberto Rossone, vicepresidente del Banco Ambrosiano− acompañado de dos monseñores de la Curia.
Según López Sáez, “nadie sabe exactamente quién mató al Papa. Todo apunta a la Logia masónica P2. No se puede responsabilizar a una persona en concreto, aunque hay quien señala al entonces presidente del IOR (Banco del Vaticano), monseñor Marcinckus, y al entonces Secretario de Estado, el francés cardenal Villot”.
En cualquier caso se trata, según López, “de una muerte provocada en el momento oportuno”. ¿Por qué? Los folios que tiene en la mano el Papa muerto contenían el nuevo organigrama de la Curia y de la Iglesia italiana: dimisión de Villot y del arzobispo de Milán, monseñor Colombo; traslado a Milán de Casaroli; Benelli, nuevo Secretario de Estado; Poletti, vicario de Roma, a Florencia, y Felici, nuevo vicario de Roma”.

Está comprobado que el Luciani era un Papa que “estaba en el camino de la profecía”. Es decir, “un Papa que no quiere ser jefe de Estado, que no quiere escoltas ni soldados, que quiere una renovación profunda de la Iglesia y, además, gobernar con los obispos. Un Papa de los pobres que quiere promover en el Vaticano un gran instituto de caridad, para hospedar a los sin techo de Roma”, cuenta el padre López Sáez.
En definitiva, al Papa le matan porque quiere revisar la estructura de la Curia, publicar varias encíclicas (sobre la colegialidad o la mujer en la Iglesia), destituir al presidente del IOR, reformar el banco vaticano y enfrentarse abiertamente con la masonería y con la mafia que campean por sus fueros en la Curia romana.
Según López Sáez, “lo determinante fue el asunto del IOR, porque la Curia intenta evitar la quiebra del Ambrosiano y la decisión del Papa la iba a precipitar. Ellos querían un Papa que evitase esa quiebra”.
Pero, aunque quitaron de en medio a Juan Pablo I, su sucesor, Juan Pablo II, no pudo evitar la quiebra del Ambrosiano y, además, destituyó a su presidente, monseñor Marcinckus.
“La diferencia es que Juan Pablo I quiere echar a los mercaderes del templo, mientras Juan Pablo II expulsa a unos (masonería) para echarse en brazos del Opus Dei. La Obra fue la institución que salió ganadora y a la que el pontificado del Papa Wojtyla le resultó más rentable: una prelatura personal, un santo y el control del poder en Roma”.
En cualquier caso, el Papa Luciani sabe que va a enfrentarse con poderosos enemigos. En varias ocasiones asegura, según el padre Sáez, que su pontificado será corto y que ya sabe el nombre de su sucesor.
Unas veces, le llama “el extranjero” y otras, “el que estaba sentado frente a mí en el cónclave”, es decir, Wojtyla.
¿Por qué sabía Juan Pablo I ya antes de morir y antes de celebrarse el cónclave el nombre de su sucesor? “Porque Juan Pablo II era el candidato del cardenal Villot y de la Curia, deseosa de volver a controlar el poder. No en vano los curiales decían: ‘Hemos perdido tres cónclaves (el de Juan XXIII, el de Pablo VI y el de Juan Pablo I), pero no el cuarto’ “.
El padre López Sáez cree, al igual que la mística Erika, que “el Papa sabe”. Más aún, cree que su última obra poética, Tríptico romano, es una respuesta velada a su libro, que envió al Papa con acuse de la Secretaría de Estado.
Por eso, en tres simples folios, Juan Pablo II habla de la Capilla Sixtina y del próximo cónclave. “Es una forma de responderme a mí y a los cardenales que van a estar en el próximo cónclave. Viene a decir ‘algo hay’…Y si responde es para que los cardenales electores lo tengan en cuenta, elijan en consonancia y reparen la injusticia histórica que se ha cometido con el Papa Luciani”.
Eso es una de las cosas que más le duele al fundador de la Comunidad de Ayala. “Juan Pablo I no era un papa débil e indeciso como lo pintan desde el Vaticano. Está en juego no sólo la causa y las circunstancias de su muerte, sino también su figura y su testimonio”.
De hecho, en este momento hay dos procesos abiertos en torno al Papa Luciani. El primero es civil, reabierto en Roma por el fiscal Pietro Saviotti. “Le he mandado el fiscal todos mis datos y documentos. Espero que se esclarezca la verdad y se haga justicia”, dice López.
El segundo proceso es la beatificación de Juan Pablo I. El padre López no quiere oír hablar de este tipo de proceso: “El Papa Luciani no necesita milagros para ser santo. A Juan Pablo I hay que beatificarle como mártir, tras una profunda investigación sobre su muerte y recuperar su imagen distorsionada” .
 
“El día de la cuenta”, de Jesús López Sáez, no puede adquirirse en venta pública. Para contactar con el autor: http://www.comayala. es.
 
 
EL CURA QUE PIDE CUENTAS A WOJTYLA
 
Jesús López Sáez es uno de los mejores especialistas españoles en catecumenado de adultos. Nacido en Aldeaseca (Avila), el 12 de abril de 1944, está licenciado en Filosofía y Letras, Teología y Psicología.
Tras estudiar en Salamanca, Roma y Madrid, entró a formar parte de los fontaneros de Añastro, sede de la Conferencia Episcopal, y nombrado responsable de catequesis de adultos del Secretariado Nacional.
Y además es fundador. Porque fundó en 1973, en la parroquia del Cristo de la Salud (calle Ayala, 12), la comunidad que lleva el nombre de la calle.
Allí, junto a un grupo de cristianos «insatisfechos del cristianismo convencional» , busca «en la experiencia de las primeras comunidades cristianas vivir hoy la renovación de una Iglesia que, siendo vieja y estéril, podía volver a ser fecunda».
De nueve fundadores, el grupo se ha convertido en un movimiento que aglutina a unas 2.000 personas cuyo objetivo es «promover la escucha de la Palabra de Dios en el fondo de los acontecimientos personales, sociales y eclesiales, al tiempo que se van creando grupos de inspiración catecumenal y comunitaria».
Todos son una piña en torno al fundador. «Nunca estará solo ni en esto ni en nada. La comunidad le responde por completo», dice tajante el vicepresidente de la asociación, Jesús Martín.
Con la investigación de lo sucedido hace 25 años se pretende, en opinión de Martín, «recuperar la figura de un Juan Pablo I mártir».
De hecho, en el salón en que se reúnen hay un retrato pintado de aquel papa. Y dos mapas grandes. Uno de España y otro del mundo.
En ambos, señalados con chinchetas rojas y azules, los cien equipos de la comunidad de Ayala. En Madrid, Segovia o Canarias, pero también en Cuba, EEUU, México, Colombia, Argentina, Japón, Irán o Taiwan.
Están alejados de los movimientos neoconservadores que copan el poder en la Iglesia. Son la comunidad de don Jesús, el cura que «pide cuentas a Juan Pablo II».
El grupo neoliberal que impuso a Juan Pablo II pudo estar envuelto en asesinato de Albino Luciani [3]
 
El “Papa de la sonrisa”, como se le conoció, no alcanzó a visitar ni un solo país, ni a publicar ninguna encíclica ni a canonizar a nadie. Su muerte, el lunes hizo 25 años, dejó sin embargo un sordo rumor que el Vaticano ha descalificado una y otra vez, a pesar de los ríos de tinta que han corrido sobre extraños hechos y especulaciones.
Algunos periodistas y sacerdotes que han tratado el tema, aseguran que Luciani, inmediato antecesor de Juan Pablo II, fue asesinado.
El parte oficial indica que murió de un ataque al corazón. Pero David Yallop, autor del libro En nombre de Dios, insiste desde 1984 en la hipótesis de que Juan Pablo I fue envenenado. Los principales sospechosos fueron tres altos jerarcas de la Iglesia Católica y tres mafiosos vinculados con el mundo de las finanzas y las hermandades secretas masónicas.
Según Yallop, el Papa habría descubierto que en la venta del Banco Católico del Veneto –en 51 por ciento propiedad del Banco Vaticano– hubo irregularidades que involucraban al director del Banco Vaticano, el obispo Paul Marcinkus, y a Roberto Calvi, director del Banco Ambrosiano.
El Pontífice también se habría enterado de los lazos de Calvi con Michel Sandona y Lucio Galli, miembros de una poderosa logia llamada ‘Propaganda 2’ que, después se supo, promovió atentados terroristas. El catolicismo dice que el creyente que ingrese a una logia debe ser excomulgado.
El Papa, según Yallop, tuvo en su poder una lista con nombres de varios obispos y religiosos pertenecientes a la logia. Uno de ellos era el secretario de Estado del Vaticano, cardenal Jean Villot.
La noche del 28 de septiembre, afirma Yallop, el Papa le mostró a Villot la lista de los altos prelados que serían cambiados, cesados o trasladados, entre ellos Marcinkus, también parte de la logia.
En la lista incluía a John Cody, arzobispo de Chicago, una de las arquidiócesis más ricas del mundo, que había sido objeto de protestas de fieles y religiosos por apropiación indebida de millones de dólares, despotismo con los feligreses y supuesta “conducta privada impropia”.
Pablo VI, según Yallop, quiso repetidamente destituirlo, pero nunca se atrevió. Al parecer, Juan Pablo I estaba decidido a hacerlo.
Yallop añade a la tesis del complot otro ingrediente. Cuando era sacerdote, Luciani –dice el autor– participó en una consulta interna sobre el control natal, cuyo resultado sería presentado a Pablo VI. Su postura era que el Vaticano debía aprobar la píldora antiovulante del doctor Gregory Pincus, que sería la “píldora católica”. Su concepto fue rechazado, pero ya como Papa podría imponerlo, lo cual habría alarmado a Villot.
Marcinkus posteriormente fue designado arzobispo por Juan Pablo II, y siguió al mando del Banco Vaticano. Cuando sobrevino el escándalo por la quiebra del Banco Ambrosiano, el Papa le pidió la renuncia.
Y, según, Clarín de Buenos Aires, vive retirado en Arizona. Villot falleció poco después de Juan Pablo I. Cody murió en Chicago. Sandona fue encarcelado y condenado en Estados Unidos. Calvi apareció colgado de uno de los puentes del río Támesis (Londres), y Gelli estuvo encarcelado algún tiempo, y luego se fue a vivir a Uruguay, donde estaba en 1984.
A pesar de que el Vaticano ha calificado de irresponsable el libro, el que no se hubiera hecho una autopsia del Papa –pues hacerlo es inusual–, y su apresurado embalsamamiento, no hicieron más que llenar de motivos a los seguidores de la tesis del asesinato. Según ellos, una sola gota de sangre habría servido para descubrir su envenenamiento.
En 1991, Camilo Bassotto, amigo personal del Papa muerto, reveló que éste tenía preparadas cuatro encíclicas con reformas espectaculares que, según él, habrían cambiado el rostro del Vaticano.
EL PESCADO SE PUDRE POR LA CABEZA La verdad sobre el Asesinato del Papa Juan Pablo I.
Estimado profesor Velmont: Profeso la religión católica y estoy muy confusa respecto de la muerte del Papa Juan Pablo VI. ¿Podría pedirles a los Maestros de Luz que aclaren definitivamente si fue o no un asesinato? Desde ya agradecida.
Élida H.
           
RESPUESTA
Apreciada Élida: La muerte de Albino Luciani, que era un ser de Luz del 5º plano espiritual, fue lisa y llanamente un asesinato religioso, y los conspiradores fueron el cónclave de obispos, que estaban en contra de las ideas renovadoras de Juan Pablo I, que en realidad eran muy revolucionarias.
Seguidamente te transcribo los diálogos de la sesión con uno de los Guías espirituales del Grupo Elron que te aclararán definitivamente todas las dudas. 
 
Interlocutor: Entendí perfectamente… Quiero pasar a otro tema porque tengo muchas preguntas  agendadas… ¿Cómo está Jorge para seguir?
Ron Hubbard: Está un poco agotado porque en estos momentos hay dieciocho espíritus de Luz asesorándome y es una energía tremenda.
Interlocutor: Comprendo… Ahora quiero referirme al supuesto asesinato del Papa Juan Pablo I, es decir, de Albino Luciani.
Ron Hubbard: No es un “supuesto” asesinato.
Interlocutor: ¿Fue un asesinato de verdad?
Ron Hubbard: Así es.
Interlocutor: ¿Por qué lo asesinaron?
Ron Hubbard: Porque quería cambiar las reglas de juego. Era un ser tan excepcional que tenía conceptos muy similares a lo que es en verdad el camino espiritual. Quería, no abolir, porque no puede llegar alguien y decir bueno, a partir de ahora esto y aquello queda eliminado. Pero quería ir de alguna manera modificando conceptos y no se lo permitieron y por eso lo asesinaron.
Interlocutor: ¿Pero quien lo asesinó?
Ron Hubbard: Un cónclave de obispos.
Interlocutor: Hay un libro escrito por David Yallop, titulado “En el nombre de Dios” (In God’s Name), editado en 1984, sobre el caso…
Ron Hubbard: Es un libro equivocado porque pone conceptos políticos como motivos del crimen que no tienen nada que ver, ya que el asesinato solamente tiene relación con dogmas y doctrinas que iban a ser cambiadas.
Interlocutor: ¿Entonces el motivo del crimen fueron exclusivamente cuestiones religiosas y para nada políticas?
Ron Hubbard: Así es, lo asesinaron única y exclusivamente por motivos religiosos.
Interlocutor: ¿Directamente lo envenenaron?
Ron Hubbard: Sí, fue envenenado con una sustancia que deja pocas huellas y que hace aparecer a la muerte como un problema directamente físico.
Interlocutor: La verdad es que quedo anonadado… ¿Algo más para agregar sobre esto?
Ron Hubbard: Sí, simplemente que es una pena que lo hayan asesinado porque el que continuó ha hecho infinidad de tropelías…
Interlocutor: No tengo presente en este momento quien fue el continuador…
Ron Hubbard: El continuador fue el actual Papa.
Interlocutor: ¿A qué tropelías se refiere? ¿Estuvo acaso involucrado en el crimen?
Ron Hubbard: No, no estuvo involucrado en el crimen, sino en aberraciones posteriores, como por ejemplo segregar a aquel que es divorciado.
Fíjate también lo que le sucedió a aquel periodista del diario italiano “Corriere de la Sera”, que dijo que si el hombre es finito solamente puede cometer errores finitos y por lo tanto no puede haber un castigo infinito, agregando que el infierno, como lo pintaba la Iglesia, nunca podría existir… 
Interlocutor: No recuerdo en este momento lo que le ocurrió.
Ron Hubbard:  A las cuarenta y ocho horas, por decreto papal, fue expulsado del Vaticano. Esto significa que la Iglesia cambió de forma pero no de fondo. La Iglesia sigue siendo la misma oscurantista.
Interlocutor: ¿El Papa actual sabe que Albino Luciani fue asesinado?
Ron Hubbard: No, lo ignora… El Papa actual es un espíritu del Error completamente egoico…
Interlocutor: ¿En qué plano está en estos momentos el espíritu de Albino Luciani?
Ron Hubbard: Es un ser de Luz. Está en el 5º plano.
 
Hasta aquí llegan los diálogos. Quizás debiéramos hacer otra sesión para profundizar en esta cuestión. Veremos. Pero por ahora por lo menos tenemos la certeza de que Juan Pablo VI fue asesinado.
Bienvenida al Club. Un fuerte abrazo.
Horacio Velmont.
 

[1] Según Yallop, Villot, ya fallecido, es uno de los principales sospechosos del asesinato.
[2] Extractado de El Mundo – Suplemento Crónica 413 (14/9/2003)− José Manuel Vidal.
[3] Publicado por El Tiempo (9/10/03).

Juan Pablo I, horas antes había presentado el organigrama a Villot y éste le dijo: “Usted es libre para decidir y yo obedeceré. Pero sepa que estos cambios supondrían una traición a la herencia recibida de Pablo VI”.Y Juan Pablo I le replicó: “Ningún Papa gobierna a perpetuidad”.

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