El encuentro con monseñor Oscar Arnulfo Romero Stella Calloni

Agosto de 1979.-

Monseñor Oscar Arnulfo Romero Monseñor Oscar Arnulfo Romero 

Anochecía sobre una ciudad donde se podía percibir la muerte, olerla, como si fuera una sombra pesada siempre detrás. Entre los objetivos de mi viaje  estaba un encuentro con el Arzobispo de San Salvador, Monseñor Oscar Arnulfo Romero.

Había tenido que esperar algunos días, mientras realizaba entrevistas con el gobierno del general Carlos Humberto Romero, que mantenía al país bajo el terror, por una parte y por la otra entrevistaba a la población, los campesinos, los dirigentes de Derechos Humanos y  clandestinamente a algunos dirigentes guerrilleros.  El general Romero, quien subió fraudulentamente al poder en 1977 dando continuidad a las dictaduras militares, sería derrocado por otro golpe militar de distinto signo en octubre de ese año.

En todos esos días me ayudaba  Marianela García Villa, una maravillosa mujer joven defensora de pobres y presidenta de la Comisión de Derechos Humanos.

Cada día, a veces con un intervalo de sólo dos horas, sonaba su teléfono y las voces de los asesinos de las sombras transmitían el mensaje de la muerte.  Un día de aquellos, al regresar de una zona campesina, como había un extenso operativo militar y era peligroso regresar al hotel, me quedé en su casa. Ella no se acostó, se sentó en un sillón hamaca, para estar junto al teléfono y esperar los llamados desesperados de algunas de las víctimas que debía socorrer, lo  que se mezclaban con las amenazas.

A partir de aquellos días mantuvimos una amistad cálida  y alguna vez se hospedó en mi casa en Managua.  Casi siempre su tarea era terrible: abrir tumbas colectivas, donde se encontraban los cadáveres de niños, mujeres, hombres, ancianos. Los escuadrones de la muerte actuaban a diario en las poblaciones campesinas indefensas. Ella fue asesinada en una de esas heroicas misiones  en marzo de 1983.

Estando en su casa una tarde de agosto me avisaron mediante esa  increíble y conmovedora acción que rescata la antigua tradición oral- la presencia del chasque- para eludir la cacería de los servicios de inteligencia, que Monseñor Romero me esperaba en el hospital del Arzobispado.

Me indicaron que debía tomar muchas precauciones para llegar. Nunca hacerlo viajando desde la casa de Marianela o desde  el hotel donde me hospedaba. No ir directamente al Arzobispado porque me seguirían seguramente. Viajar hacia un rumbo cualquiera, cambiar de taxis, entrar a un lugar salir por otra puerta. Así es que fui cumpliendo con cada uno de los consejos y finalmente viajé hasta un lugar cercano al arzobispado.

El último tramo del viaje había sido muy extraño. El chofer era un hombre muy grande y fuerte, como un luchador. Como yo hablaba con dejo mexicano me identificó como mexicana y de inmediato cambió su tono de hablar y de preguntar. Entablamos una  conversación sobre la lucha libre. Como era un espectáculo tan especial en México, siempre me había interesado por su enorme irradiación popular, así que, al menos podía ufanarme de conocer a varias figuras de ese deporte tan divertidamente teatral. En un momento dado me dijo que el había sido luchador en México y que su nombre era Aguila,

Había algo en el él que me causaba terror y especialmente en esa noche  donde se desató una tormenta eléctrica y un aguacero que parecía una cortina de agua. Debo decir que tuve miedo ¿ por qué no?. Pero en todo momento traté de que esto no se notara. Así es que cuando abandoné el taxi eligiendo al azar un restaurante que ocupaba una esquina, sentí un enorme alivio. Mi instinto no se había equivocado. Hablando luego con unos compañeros periodistas de El Salvador, me contaron que le llamaban el “quebrantahuesos” porque era lo que hacía ayudando a los torturadores.

En el restaurante mientras bebía un café iba tratando de ver si había una puerta que diera a otra calle por temor de que “Aguila” estuviera por allí donde me había dejado.  Lo logré. Salí y la lluvia ayudaba porque no se veía a unos cortos metros. Así conseguí otro taxi y bajé poco antes del  Hospital del Arzobispado  donde me recibieron con gran calidez y toallas para secarme. Debía esperar porque Monseñor Romero estaba en una misión. Pregunté a una monja por un extraño rumor que venía desde otros cuartos  Eran refugiados para quienes  llegar hasta el Arzobispado era  haber salvado su vida..

Yo estaba en una habitación  débilmente iluminada después de un corte de luz que había oscurecido parte de la ciudad, cuando desde el fondo en penumbras  del pasillo vi avanzar la extraña figura de un hombre alto, que traía un bulto en sus brazos. Eran dos niños muy pequeños. Una monja se apresuró a recibirlos. El era Monseñor Romero que había rescatado esos y otros niños de una de las tantas masacres producidas por el ejército salvadoreño en una aldea cercana.

Monseñor tenía la túnica levantada y con ella cubría a los niños. Sus pantalones estaban enrollados  para poder caminar entre el agua como lo hizo en las calles inundadas rodeado por ese pequeño grupo de sobrevivientes. Fue una imagen tan desoladora como fuerte. Se envolvió en una manta y así  empapado aún, tomando un te caliente se dispuso a hablar con voz suave y tranquila, que al recordar algunos hechos tenía ciertos dejos de desesperación o impotencia.

Se veía dolido, pero a la vez con la fuerza de una decisión para enfrentar las situaciones terribles que estaba viviendo que sólo podía darle una gran fe, en lo que él creía profundamente. Nunca había visto a alguien que tomara con tanta  energía su papel de pastor de almas. Y en este caso eso lo llevaba a estar enfrentando permanentemente la misma escena, de aldeas enteras masacradas, de ver asesinados  en condiciones atroces, de asistir a las familias desesperadas y a un pueblo cautivo  ante un ejército y sus escuadrones de la muerte, que habían sembrado el terror en todo el país.

Confesó que cuando fue enviado a El Salvador, jamás había imaginado que iba a vivir lo que estaba viviendo y que esa realidad había dado un vuelco a su vida como religioso. Lo había sensibilizado extremadamente. Dijo que sólo lo sostenía su enorme fe en Dios y  su amor por el pueblo, lo que era tan real que hasta uno podía sentirlo en la piel.

Admitió, sin victimizarse, serenamente,  que estaba amenazado de muerte por varios de los Escuadrones y especialmente por la paramilitar Unión Guerrera Blanca y que no tenía miedo sino impotencia ante la imposibilidad de detener aquella matanza.

“Jamás  imaginé que iba a ver esta violencia, que iba a caminar entre poblados enteros víctimas de las masacres y las matanzas. Siempre debo recurrir  al Señor, porque a veces el dolor y la impotencia son muy fuertes. Como clamar en el desierto”  Largo tiempo platiqué con él

Recuerdo que mi primera pregunta  ya como periodista fue  si existía un conflicto entre la Iglesia y el gobierno, como decían algunos medios.

-Yo digo decididamente que no. Hay un conflicto entre el gobierno y el pueblo y yo como pastor de Dios debo estar con el pueblo.

En El Salvador no existe un conflicto entre el pueblo y el gobierno como quieren hacer creer  muchos funcionarios. Existe un conflicto entre el gobierno y el pueblo, un pueblo que está sufriendo muchos horrores y la iglesia y sus pastores  tienen que estar con el pueblo”.

Esas fueron las palabras  de Moseñor Oscar Arnulfo Romero cuando en Roma se entrevistó con el entonces nuevo Papa Juan Pablo II, quien ni siquiera se detuvo a mirar los informes, las fotografías  y las copias de las cartas enviadas por el Arzobispo en un desesperado pedido de auxilio cristiano para detener la matanza del pueblo salvadoreño.

En aquella noche de agosto de 1979 se podía percibir la tristeza que le había causado la indiferencia del nuevo Papa,  después de haber hecho enormes esfuerzos para llegar a Roma, porque “creía que algunas manos negras impedían que cartas e informes llegaran a destino”:

Me habló de las penurias de su país. “De todo esto quería hablar con el  Santo Padre” decía señalando luego a los refugiados en el Hospital, a los dolientes que había sobrevivido a algunas de las centenares de matanzas. Siete veces lo amenazaron telefónicamente durante la entrevista.

Allí mismo me mostró fotografías de las masacres en las aldeas, cuerpos despedazados, señales de inenarrables torturas. “Un pastor de la Iglesia debe hablar por estas voces silenciadas, un  pastor de la Iglesia debe exigir justicia en nombre de Dios”.

Estaba sufriendo el enorme dolor de que varios sacerdotes jóvenes habían sido asesinados por el ejército y los escuadrones de la muerte, los mismos que todos los días a todas horas amenazaban con matarlo. No quería hablar con el Papa de las amenazas contra él, sino de “los crímenes cometidos contra un pueblo indefenso”

Quería hablar de los “padrecitos” de los pastores de Cristo, los sacerdotes asesinados como Rutilio Grande, (1977), Ernesto Barrera, (1978,)”Octavio Ortiz Luna Rafael Palacios y por esos días Alirio Napoleón Macías (1979).

Su dolor era visible “ellos fueron asesinados porque estaban haciendo lo que debían, estaban cumpliendo su misión con los pobres y desamparados”.

Eso mismo quiso explicarle a Juan Pablo II a través de innumerables cartas dirigidas al Vaticano. “Nadie escucha nuestras voces” decía cuando ya estaba con vencido de que Juan Pablo II no haría nada para detener la matanza en su país.

Había ido a Roma y ante la imposibilidad de ver al Papa a través de los canales normales del Vaticano, pero con excusas “increíbles y evidentes” se le iban cerrando las puertas.Ya casi a punto de tener que regresar a su país recurrió a una acción desesperada y era  humildemente mezclarse con los fieles. Inaa pedir al Papa una palabra de justicia para el pueblo salvadoreño, como relató aquella noche y sólo encontró reprimendas e indiferencia.

Esa indiferencia que alentó a sus asesinos el 24 de marzo de 1980. En un domingo en que el Papa bajó al gran salón para la audiencia general, logró estar en primera fila y cuando el Papa lo saludó le retuvo la  mano para implorarle una audiencia.  Todavía tenía esperanzas y llevaba consigo las pruebas del horror. Pero su primera sorpresa fue un regaño de Juan Pablo II por lo “voluminoso” que era el material que traía.

María López Vigil quien escribió un  libro sobre Monseñor Romero dice que el papa le dijo al Arzobispo “¡ Ya les he dicho que no vengan cargados con tantos papeles! Aquí no tenemos tiempo para estar leyendo tanta cosa.”

Ni siquiera quiso mirar las fotografías de los sacerdotes asesinados, con señales de torturas algunos de ellos. Recuerda María que Monseñor Romero insistió sobre el padre Octavio Ortiz , en ese entonces la víctima más reciente entre los religiosos asesinados en El Salvador.”Yo lo conocía muy bien a Octavio, Santo Padre, y era un sacerdote cabal. Yo lo ordené y sabía de todos los trabajos en que andaba. El día aquel estaba dando un curso de evangelio a los muchachos  del barrio… nos lo mataron diciendo que era un guerrillero.”

“El Papa mira fijamente la foto y no pregunta más.
Mira después los empañados ojos del arzobispo
Romero y mueve la mano hacia atrás, como
queriéndole quitar dramatismo -¿Y acaso no lo era? -contesta frío el Pontífice.

Monseñor Romero quería mostrar otras fotos. Nada quiso ver el Santo Padre. El sólo le quería decir  “que estaban matando a los hijos de Cristo, que estaban matando a Cristo en esos sacerdotes y en esos miles de niños hombres y mujeres. Cristo estaba muriendo y el se ponía molesto. Era evidente”. Y sólo para recordarle que su papel como arzobispo era mantener muy buenas relaciones con el gobierno es para lo que habló el Papa.

Desde allí volvió a El Salvador en uno de los períodos de mayores matanzas en ese país y su imagen aquel día de su asesinato abriendo los brazos parecía implorar que alguna luz  iluminara al Papa. Todavía esperaba.

Esta es parte de la entrevista como salió en México

El Salvador: conflicto de pueblo y gobierno

Stella Calloni / corresponsal

SAN SALVADOR, 12 de agosto de 1979. Monseñor Oscar Arnulfo Romero, arzobispo de San Salvador, a quien acusan de “subversivo” está amenazado de muerte por la parapolicial Unión Guerrera Blanca y otros. Pero el está decidido a continuar defendiendo a su pueblo.
Hablando para unomásuno en el hospital del Arzobispado, refiriéndose a la persecución que sufre aquí la Iglesia confirmó su decisión de “continuar junto a mi pueblo y no toleraremos más atropellos”. Recordó que “en la doctrina de la Iglesia está también el derecho a la rebelión, a la violencia justa, a la guerra justa”.
Monseñor, ¿cuál es la situación de la Iglesia salvadoreña en estos momentos?
-Hay una evidente persecución a la Iglesia bajo el pretexto de que no se lo persigue por la Iglesia sino por política, por subversiva. Nosotros sabemos que estamos cumpliendo una misión evangélica, tal como lo quiere hoy el magisterio del Concilio Vaticano II, que en América Latina se completó con Medellín y Puebla. Esto nos exige una evangelización, unida con la promoción humana, con la liberación del hombre, con la concientización, es decir con la formación de personas críticas, con los criterios evangélicos. Todo esto origina inquietudes que antes no se sentían y hace ver una Iglesia distinta que no estaban acostumbrados a ver y la confunden con los movimientos subversivos, que son algo muy diferente. La situación de la Iglesia es bien riesgosa porque tiene que predicar ese Evangelio en un ambiente represivo: es la Iglesia que cumple con su deber actual, con mucha persecución.
Está muy reciente el caso del padre Macías(Alirio Napoleón, quien fue asesinado el 4 de agosto de 1979 por un comando de guardias nacionales vestidos de civil entre el vestíbulo y el altar de su parroquia) y nos espanta. Este asesinato sucedió 40 días después de que mataran a otro sacerdote, el padre Rafael Palacios, baleado en Santa Tecla. En este año ya hubo tres sacerdotes asesinados. Hay varios que han recibido amenazas y estamos tratando de cuidarlos en la medida de lo posible”.
– ¿Cuál ha sido la respuesta del gobierno ante esta situación?
-El gobierno parece un muro. Se dialoga, pero la represión continúa, también la persecución. Se explica que la Iglesia esta cumpliendo con su deber cristiano, pero esto no se entiende.
– ¿Ha habido alguna manifestación del Papa?
-Creo que ahora sí la va haber, porque una reunión de sacerdotes llevó una carta al Santo Padre donde se pide su intervención, una palabra, sobre el caso de El Salvador. El Papa sin duda es muy sensible a todas esas cosas y si estuviera correctamente informado ya hubiera dicho algo. Aquí el pecado pues, es de la información. Por eso mismo se pedido la intervención del Nuncio. Una información que llegara a la sensibilidad del Papa, que sabemos muy delicada y que por ello actuaría, donde los sacerdotes tienen problemas, como lo ha hecho en Rodhesia, o con la situación de Nicaragua. Nos extraña que no haya alusión a El Salvador. Yo estuve hace poco en Roma y la mayor información que llega ahí es más bien, digamos, es de la parte represiva. Hay poderes económicos que tienen más posibilidad de informar y hay menos información del sector reprimido. O información falsa: a los sacerdotes se los considera como guerrilleros, que es lo que informa la oligarquía de aquí.
-Monseñor, ¿cuál es la actitud, dentro de su misión evangélica, que ha asumido la Iglesia en las condiciones de El Salvador?
-Aquí, en la arquidiócesis de la que yo respondo, ha sido una actitud de denuncia. No hemos querido dejar pasar nada, ningún atropello, ninguna injusticia, que hiera a la dignidad del hombre, la libertad. Denunciamos los asesinatos, la tortura, cuerpos mutilados que hemos visto. Muchos han sido capturados por los organismos de seguridad. Hay una intensa cantidad de desaparecidos, que han sido capturados y las esposas y las madres van buscando de cuartel en cuartel y sólo encuentran el silencio o la burla. La no información de estos casos es lo que denunciamos. No negamos que también haya criminales vulgares cometiendo algunos asesinatos, pero hay mucho de parte del gobierno y esto es lo que denunciamos. Insistimos mucho, por ejemplo, en que la Corte Suprema de Justicia, que es la que tiene que velar por esta situación, y administrar la justicia, sea tan pasiva. Nosotros tenemos socorro jurídico, apenas capturan a alguien nos avisan y hacemos inmediatamente el recurso de habeas corpus constitucional. Pero no hay demasiadas respuestas. Todo esto es una corrupción de la justicia y eso es lo que la Iglesia protesta.
– ¿Usted cree que estas denuncias son el motivo principal de la represión contra la Iglesia?
-Sí, por ejemplo el caso del padre Macías es bien claro. Poco antes de su muerte, se publicó en nuestro periódico Orientación una lista de asesinados, de operativos militares en el sector rural de su parroquia. Nos parece a nosotros que es un oficio muy hermoso, de buen pastor, que haya defendido a las ovejas de los lobos. Y esto es lo que lo hacia “peligroso”. Yo tengo documentos en que ya se le hacía un señalamiento de parte de la Guardia Nacional. Y tengo también la respuesta, donde él les decía cumpliendo con su misión, que estaba dispuesto a ir a declarar. No le dieron tiempo. Lo mataron antes.
Además, la Iglesia sabe todo lo que sucede, porque hay algo que le vale mucho y es la voz del pueblo. Yo, por ejemplo, fui al lugar donde mataron al padre Macías y el pueblo, hermosamente, en sus expresiones y en su lenguaje, le dice a uno. . . Que el padre Macías alcanzó a gritar: “¡son judiciales!”. O también le dicen en su rumor, “son ellos mismos”, refiriéndose a los cuerpos de seguridad. Cuando miles de ojos del pueblo están mirando, ningún crimen queda impune.
-Además de estas luchas por los derechos humanos fundamentales, ¿por qué lucha la Iglesia de San Salvador?
-Bueno, es que bajo el título de derechos humanos nosotros entendemos, pues también la promoción del hombre. Por ejemplo, en el magisterio del Papa actual es como un tema central. Allá, en Puebla, él dijo la verdad sobre Cristo, la verdad sobre la Iglesia y la verdad sobre el hombre. Creo que es el trípode que da a la Iglesia su pauta de predicación. En la verdad sobre el hombre caben todas las injusticias, los atropellos. En eso de la promoción del hombre, nosotros abarcamos todos los derechos y el otro aspecto que podría ser distinto es la verdad sobre la Iglesia. Es que hoy es necesaria una Iglesia libre de los privilegios. Estábamos acostumbrados a disfrutar de los poderosos, del gobierno, de los ricos. Se veía una Iglesia que muchas veces no era solidaria con el pueblo. Las nuevas orientaciones nos llevan a una Iglesia que se debe desprender de esos apoyos y por eso pido a los pueblos del mundo que miren hacia este pueblo nuestro. Una sola mirada, una palabra de aliento sobre tanto dolor, es un bálsamo y una fuerza más en este camino. Yo continuare junto a mi pueblo, y el amor, lo sé, andará conmigo. Pero no estamos dispuestos a tolerar más atropellos a nuestra Iglesia y a nuestro pueblo, por eso ha sido esta reacción de la Iglesia. Yo continuaré junto a mi pueblo y el amor andará conmigo. Aquí como dije no hay conflicto entre la Iglesia y el gobierno, sino entre el gobierno del pueblo y un pastor de Dios debe estar con elk pueblo

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