La voracidad capitalista provoca una nueva tragedia . El derrumbe minero en Chile

 

 

Por Oscar Alba

El jueves 5 de agosto, alrededor de las tres de la tarde se produjo un derrumbe en una mina de oro y cobre al norte de Chile. Treinta y tres mineros quedaron atrapados, a más de 700 metros de profundidad, en el Yacimiento San José, de la minera San Esteban, a 800 kilómetros de Copiapó, en el desierto de Atacama. Recién ocho horas después llegaron al lugar los primeros equipos de rescate. Como suele ocurrir ante este tipo de accidentes, el gobierno y los medios del país donde ocurren, buscan crear expectativas optimistas para frenar, ante todo, la bronca de familiares y compañeros de los accidentados. Por ejemplo, en este caso, medios y autoridades gubernamentales dijeron en un primer momento, que la treintena de trabajadores atrapados en las galerías de la mina podrían haberse refugiado en un recoveco de la misma, preparado para refugiarse en estos casos con agua y alimentos. Luego comenzaron las versiones de que dicho refugio carecería de alimentos pero tendrían agua. Aclarando que las provisiones en el mencionado refugio les alcanzarían por 72 horas. Finalmente, el gerente de la mina San Esteban, declaró que “realmente no se sabe si les han caído rocas encima o no”. O sea, no tenían ni tienen la mínima idea del estado de los mineros. La Iglesia, por supuesto, acercó su aporte a esta política de “ablandamiento” trayendo una estatuilla de San Lorenzo, que en Chile es el santo de los mineros, y al arzobispo de Copiapó para bendecir el rescate y rezar junto a los familiares. El presidente Piñera se encontraba de gira por Ecuador y Colombia, y regresó inmediatamente.

Una historia de explotación obrera

Chile es el primer productor de cobre en el mundo, y la explotación minera se divide en gran minería, mediana y pequeña. La gran minería es uno de los principales soportes de la economía exportadora. Por su parte, el Yacimiento San José pertenece a la mediana minería aunque esto no le impide facturar dos millones de dólares mensuales. Es en estos dos estratos, mediano y pequeño, donde las condiciones de trabajo, seguridad e higiene son las peores. Es moneda corriente para los capitalistas del cobre no respetar la legislación vigente y son frecuentes los accidentes.

Esta impunidad patronal cuenta con la complicidad de los funcionarios del Servicio Nacional de Geología y Minería (SerNaGeoMin) que hacen la vista gorda ante el incumplimiento de la reglamentación vigente.

En 1945 en el país trasandino, en Sewell, de la empresa Bradden Cooper, murieron 345 trabajadores que no pudieron salir luego de un incendio. En 1968, en otro complejo minero murieron 12 trabajadores debido a una explosión de gas. El 29 de julio de 1989 una carga de dinamita explotó provocando la inundación de un pozo de la mina de carbón Los Castaños en Curanilahuen, región del Biobío y murieron 29 mineros ahogados en su interior.

La historia de la minería en Chile, como en otras partes del mundo, está jalonada de accidentes y las ganancias de la patronal minera crece abonada por la sangre y la explotación de sus trabajadores. Cotidianamente, sin más lumbre que la lámpara de sus cascos, tiznados y llenando sus pulmones de polvo y gases raros, los trabajadores recorren las galerías sin los elementales servicios sanitarios y expuestos a que un derrumbe, un incendio o una explosión termine con sus vidas. “En la mina se sabe cuando se entra pero no se sabe si se sale”, es el decir de los mineros, sintetizando el punto más duro de su vida obrera.

Luchar para terminar con los capitalistas

El 7 de febrero del 2004 se dio a conocer en el Diario Oficial de Chile, el Reglamento de seguridad minera, decreto Nº 152 del Ministerio de Minería que en su introducción dice, entre otros párrafos: “Considerando que los adelantos tecnológicos y la mayor exigencia ante las condiciones de nuestra industria extractiva minera, hacen necesario modernizar nuestros reglamentos”. Sin duda para los chupasangres del cobre la modernización significa mayor explotación y reducción de costos a expensas de la seguridad de sus trabajadores. Lo ocurrido en el Yacimiento San José es una muestra de lo que entienden los patrones por modernización de la minería.

Los mineros se encuentran organizados en distintos sindicatos por zonas o por empresas, los que a su vez se nuclean en la Federación Minera de Chile (FMC). Distintas organizaciones llamaron a un Encuentro de todos los sindicatos y federaciones mineras en Copiapó. A tal fin llegaron a Atacama Agustín Latorre, Jorge Flores, Carlos Retamales y otros dirigentes de la Federación. En el Encuentro, realizado el martes 16 de agosto, también estuvieron presentes delegados de la Central Única de Trabajadores de Chile y organizaciones estudiantiles. La Federación Minera emitió una declaración donde se solidariza con los familiares de los compañeros atrapados por el derrumbe, y responsabiliza a la empresa y los organismos fiscalizadores del Estado por no salvaguardar la vida de los trabajadores. Pero no llama a tomar medida alguna frente a tamaña tragedia.

En momentos de escribir esta nota, a trece días del accidente, las tareas de rescate se han complicado ya que han ocurrido nuevos derrumbes al interior de la mina. Quienes conocemos los que es una mina sabemos que las posibilidades de supervivencia de los trabajadores son muy difíciles. Mientras tanto, el presidente Sebastián Piñera salió a decir en forma hipócrita: “Estamos pensando en un desarrollo integral (para el país) y parte de ese desarrollo tiene que ver con la calidad de los trabajos que ofrecemos a nuestros compatriotas y por eso, a la luz del accidente que ha ocurrido en la mina San José (…) he dispuesto como Presidente que se realice una completa revisión y reformulación de las condiciones en que trabajan los chilenos” (La Tercera, 18-8).

Es lo que dicen siempre estos gusanos ante las calamidades y las tragedias que el capitalismo provoca a los trabajadores y sus familias. Terminar con este sistema de explotación es la tarea más importante aunque sea la más ardua para los trabajadores. Ése debe ser el horizonte estratégico de los nuevos activistas y luchadores para que la clase obrera les haga pagar una a una las cuentas pendientes a sus explotadores.

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