Descomposición social

Descomposición social
Manfredo Kempff Suárez

No es la primera vez que nos referimos a este tema ni será la última, lamentablemente. Lo que sucede tiene tantas consecuencias en nuestra sociedad que ignorarlo es imposible. El país ha perdido su norte desde hace muchas décadas, y esto se ha agravado en los últimos años, al producirse un relajamiento en las costumbres, un cambio de conducta en la población, que está derivando en un desbarajuste que no sabemos cómo se va a detener.

Al flaquear la justicia y haberse politizado inconcebiblemente, ha abierto las puertas para que algunos sectores que se sienten protegidos por el gobierno hagan de las suyas. Los “sin tierra”, “sin techo”, avasalladores de minas, transportistas, cocaleros, maestros, salubristas, comerciantes minoristas, contrabandistas, exigen lo que el gobierno les ofrece y no puede darles y entonces, cada gremio, cada sindicato, se moviliza en señal de protesta. ¡Ay de las movilizaciones! ¡Ay de los “paros movilizados”!

En esencia de lo que se trata es que estos sectores, más que demostrar su poder ante el gobierno, lo hacen ante la ciudadanía y los medios de prensa, porque les resulta más útil. El gobierno conoce el poder de los llamados movimientos sociales, sabe hasta dónde pueden llegar, porque a varios los alienta y sostiene. Los demandantes de “vivir bien” no van a impresionar a los actuales gobernantes, sus mentores, curtidos en bloqueos, marchas, paros, huelgas de hambre, azotainas callejeras y pedreas.

Sin embargo, afectan el ánimo de las personas corrientes, de los que trabajan para vivir mejor, que se impresionan por las noticias. Y desde luego que los medios periodísticos no pueden hacer otra cosa que informar sobre los desórdenes que acontecen diariamente en nuestros campos y ciudades porque es su deber y su obligación, dejando una sensación de malestar e inestabilidad enormes. Las cosas que se oyen, se ven y se leen, causan miedo y zozobra en la población.

Pero todo lo anterior, que tiene móviles políticos, que responde a reivindicaciones que fueron ofrecidas por el MAS, es sólo una parte del problema. Es, sin duda, una mala señal que se da al país y que tiene derivaciones que son peligrosas. Bolivia, como algunas otras naciones con regímenes populistas, se está encaminando, año que transcurre, hacia la total falta de autoridad del Estado, a una permisividad increíble con los descontentos, a dar cumplimiento a toda demanda que proceda de quienes puedan ser útiles al gobierno con su apoyo, ya sea callejero o electoral.

En esas circunstancias es donde se fortalece y echa raíces profundas la delincuencia común. Ante la permisividad con los gremios y sindicatos, ante la tolerancia con cocaleros y cooperativistas, contrabandistas y “sin tierra”, el resto cree tener derecho a exigir lo que le viene en gana sin retribuir a la sociedad con algún sacrificio, como debe ser. Entonces asoma el rostro caótico de la nación, cuando se atropella a los transeúntes en las calles, se roba, se viola, se hace negocio con el narcotráfico, se secuestra y se mata.

En el Estado Plurinacional se ha perdido todo respeto. En vista de que somos iguales ahora – como si no lo hubiéramos sido antes – muchos han creído que igualmente un pobre le puede robar a un rico sin el menor empacho; un chofer sacar a empujones de su vehículo a un pasajero; una caserita darle de escobazos a un guardia que le vigila su balanza; un joven golpear a un anciano que le obstruye el paso con su vehículo; un grupo de inadaptados bloquear carreteras para liberar de la cárcel a delincuentes; otros tomar municipios u oficinas del Estado para poner y sacar autoridades; y delirantes abusivos zurrar a cualquier mujer o maltratarla hasta quitarle la vida. Esto último, lo del feminicidio, no se había visto con una frecuencia tan brutal en Bolivia.

Los medios informan naturalmente sobre desgracias diarias sin que se pueda observar una mejoría en el comportamiento de quienes están viviendo, como algo normal, en una sociedad poco menos que enferma. La juventud actual, la que no ha conocido tiempos pasados, cree en la prédica de que el mundo se termina donde llega su vista; que Bolivia les pertenece; que antes no hubo nada bueno; que la recuperaron de unos usurpadores, y que van a dejar su impronta personal, que no viene precisamente de los institutos o las universidades sino de las barriadas.

El discurso político, la demanda y el reclamo falsos, se han convertido, lamentablemente, en la única razón que conocen las nuevas generaciones o la mayoría de ellas. El hombre de esta nueva Bolivia cree merecerse todo y si no se lo dan está decidido a arrebatarlo por la fuerza. De ahí esta época complicada que nos toca vivir, tiempos de zozobra y de preocupación, porque la violencia se está convirtiendo en la única ley existente y quienes la ejercen en dueños y señores de la situación.

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