Nietzsche y la palabra del camino :Rafael Fauquie

 


 

 

   

 

 

Resumen: Del “silencio eterno de los espacios infinitos que ignoro y que me ignoran” de Pascal a la “muerte de Dios”, de Nietzsche: el paso de la historia humana fue apuntando hacia la necesaria autosuficiencia del hombre, a su independencia y su soledad. A fines del siglo XIX, una idea -un espejismo- el progreso, pareció deslumbrar a casi todas las mentes. Nietzsche desconfió de ella. La consideró culpable de deformar visiones y creencias. Frente al progreso, ante la idealización del futuro, Nietzsche erigió su propia idea: la de la necesaria afirmación del ser humano en el aquí y el ahora, la de una interminable apuesta del individuo hacia todos sus momentos vividos. La supervivencia para Nietzsche consistía en decir “sí” a la vida, a la pasión del vivir.
Palabras clave: Nietzsche, palabra, afirmación de la vida

 
 

“Yo soy de hoy y de ayer -dijo Zaratustra-; pero en mí hay algo de mañana, de pasado mañana y de lo por venir”.
Así habló Zaratustra

“Es muy difícil vivir entre los hombres, porque es muy difícil callarse”.
Así habló Zaratustra

“Lo que yo encuentro, lo que yo busco
¿se halló alguna vez en libro alguno?”.
Humano, demasiado humano

 

Escritura del camino: signo de lo abierto, de lo interminablemente continuo. Escritura identificada con la voz del caminante que se detiene a recuperar fuerzas y a reponerse del cansancio de los días transcurridos.

Muy variadas expresiones podrían relacionarse con la palabra del camino: pensamientos, reflexiones, memorias, aforismos, testimonios, autobiografías… En todas, generalmente, la comprensión pareciera unirse al deslumbramiento; la búsqueda, coincidir con los hallazgos. Y es que la palabra del camino entremezcla revelaciones y desentrañamientos; dibuja imágenes que surgen tanto de la fantasía como de la lucidez, de la maravilla como de la curiosidad. Es, por sobre todo, la interminable argumentación de una conciencia que nunca calla.

La palabra del camino nos orienta por entre la confusión y la provisionalidad. Nos permite conjurar el tiempo del que estamos hechos. Ella discurre por sobre todos los temas posibles, sombra y soliloquio de pasos, rúbrica de conjeturas. Desde la amplitud de su superficie, la palabra del camino convierte en argumento todas las intuiciones, todos los descubrimientos, todos los desconciertos.

La palabra del camino sigue un ritmo que le es propio. Quizá el ritmo de la vida donde las cosas manan sin cesar, capaces de desbordar cualquier cauce; fluctuando, moviéndose, llenando espacios; girando por sobre todas las superficies; tanteando, explorando.

La levedad y la armonía son aspiraciones fundamentales de la palabra del camino; aspiraciones relacionadas, por cierto, al ideal de todo caminante: liberarse del exceso de peso, aligerar la carga que pueda verse forzado a llevar.

La palabra del camino aspira a ser fiel a sí misma; por eso, se escribe y desescribe, se rompe y rehace, se fragmenta y retuerce hasta llegar a armonizar con las variadísimas circunstancias que la envuelven.

La palabra del camino convierte en arte la reflexión o la perplejidad frente al instante. Ahonda en la vida, ilustrándola en algunas de sus casi infinitas facetas.

A través de la palabra del camino, los autores apuestan a la firmeza de sus pasos, esforzándose en rechazar cuanto los debilite o desdibuje. La palabra del camino revela un inocultable horror ante la intemperie, ante los espacios demasiado vastos o demasiado impredecibles. Pero la intemperie es infinita; no existe palabra alguna capaz de cubrirla. Escribir podría convertirse, así, para algunos escritores en un esfuerzo por resguardarse del inmenso silencio circundante.

La palabra del camino se emparenta a una convicción: la de que, en la confusa suma de infinitas combinaciones que es la historia del mundo, acaso sólo las alusiones biográficas resulten genuinas identificaciones de lo humano.

La palabra del camino dibuja una forma de diferenciación. Somos en nuestra escritura. Somos esas imágenes que nuestra escritura postula. Nuestro individualismo se convierte en el punto de partida de una voluntad de nombrarnos.

La palabra del camino muestra la metamorfosis de nosotros mismos al interior de nuestros recorridos. Nos dibuja en una imagen que asumimos nuestra. Verbalizando nuestros ahoras conjuramos la pesadilla de la no significación del tiempo, el horror al vacío. La palabra del camino posee un fuerte contenido ético. Etica de la opción individualista de quien precisa apartarse de la confusión exterior para refugiarse en un signo que lo encarne. Frente a la complejidad, confusión y contradicciones de lo que llamamos “experiencia de vida”, se yergue la palabra que escribe a partir de esa experiencia.

Rótulos, clisés, lugares comunes, frases hechas son formas del todo insuficientes para nombrar el camino o la experiencia del camino, siempre inundada de perplejidades, contradicciones y emparentada muy de cerca al impredecible azar.

La palabra del camino señala un ir; pero, ¿hacia dónde? Ella contrasta la interminable oposición entre el albur y la persistencia. Por eso, fluctúa entre lo aleatorio y lo definitivo. El camino es, a la vez, permanencia y cambio; movilidad y fijación. A la fijeza se opone la continuidad. Lo definitivo se enfrenta a lo que, incesantemente, se metamorfiza. La palabra del camino es fijación de lo transeúnte. Transcurre y, en ese transcurrir, fija lo momentáneo; convierte en definitivo lo que es circunstancial. La palabra del camino es testimonio de nuestra voz expresando la vida que hemos recorrido. Es hallazgo que nos señala, eco o sombra de nuestros pasos.

La palabra del camino sugiere la posibilidad de decir lo que sólo la experiencia y la memoria, juntas, podrían evocar. Es experiencia volcada en palabra. Es memoria que recuerda los días cumplidos. La palabra del camino convierte el hecho de vivir en fragmento discernible.

Libertad, autonomía, independencia, autenticidad: términos necesarios para expresar lo que la palabra del camino es. Ella está cargada con un fuerte contenido ético. Eticidad de la opción del escritor que precisa apartarse de la confusión exterior para refugiarse en sí mismo y nombrarse desde esa palabra que lo encarna. La palabra del camino, lo he dicho alguna vez, debe poseer como uno de sus esenciales objetivos, conducir al escritor hacia su asilo, recuperar para él un espacio en el que poder reconocerse.

La palabra del camino es naturalmente egoísta: señala a un yo empeñado en mostrarse y en proclamar que ha vivido. La necesidad de saber que no desapareceremos con nosotros mismos, que existe la posibilidad de perdurar en palabras que nos nombren e identifiquen más allá de nuestra presencia, explica muchos de los sentidos de la palabra del camino.

La palabra del camino juega constantemente con diversos órdenes. Las verdades descubiertas por el caminante pueden ser, también, verdades de muchos o de todos. El mundo se refleja en el caminante y éste se refleja en el mundo.

Al hablar del mundo, la palabra del camino lo hace siempre a partir de un yo contemplador del mundo. El mundo visto a través de los ojos de ese yo. En ese punto, vida e historia comienzan a acercarse extraordinariamente: la vida del testigo dentro de la historia, la historia nombrada desde la vida de quien la testimonia; vida e historia conviviendo en una palabra afín que las asemeja e identifica.

En general, la palabra del camino suele saberse expresión incapaz de disipar del todo las tinieblas del desconcierto o la confusión. Una de sus desvirtuaciones sería la de ambicionar convertirse en documento de su tiempo, algo que significaría que su voz, necesariamente mesurada y necesariamente íntima, se transformase en prédica y profecía, convencida de los privilegios de su funcionalidad y su destino.

Impregnada de vida, la palabra del camino puede llegar a insertarse en la historia, alcanzando así, como sucedió en el caso de Nietzsche, a dibujar certeras intuiciones del porvenir de la humanidad.

Alguna vez escribió Nietzsche: “no quiero leer a ningún autor de quien se note que quería hacer un libro, sino sólo a aquéllos cuyos pensamientos llegaron a formar un libro sin que ellos se dieran cuenta”. Era su propio reconocimiento a la singular expresividad de la palabra de los caminantes, la que surge de la vida misma y que va sumando páginas que pueden conformar un libro; no el libro como propósito primero, sino el escribir la vida.

Nietzsche ejerció de una manera extraordinaria, una palabra compañera de curiosidades y testimonios; palabra que supo nombrar, por igual, las voces de su época y “la voz ligera de las diversas situaciones de la vida”. Por eso su escritura, hablando desde sí mismo, habló, también, de todos los hombres; verbalizando su propio mundo, alegorizó el mundo; ir y venir interminable entre lo individual y lo colectivo, una muestra de que los argumentos de la vida y los de la historia son formas análogas de la experiencia humana.

Tal vez por eso Nietzsche alcanzó a percibir, en su presente, lo que sería esta realidad que hoy nos rodea, terminado ya nuestro siglo XX. Su palabra ilustró el carácter de ciertos recorridos por los que la humanidad estaba destinada a transitar. Y emblemas y valores de nuestros días se reconocen y reflejan en aquellas verdades del caminante que fue Nietzsche, en sus interrogantes y respuestas de lúcido pensador y visionario poeta.

A pesar de la deuda que su palabra tiene con la poesía, en varias ocasiones Nietzsche se expresó muy despectivamente de los poetas, a quienes acusó de estar siempre dispuestos a pavonearse ante cualquier público que quisiera admirarlos. Los tildó, también, de superficiales: “no me parecen muy limpios que digamos; enturbian las aguas para que parezcan profundas”. En otra oportunidad los llamó también mentirosos: “el poeta considera al mentiroso como su hermano de leche”. Nietzsche no despreciaba a la poesía -que, de hecho, le perteneció siempre- sino a los poetas. Igual que le sucedía, por cierto, con los filósofos, a quienes llamaba “tejedores de telarañas”.

La palabra del camino en Nietzsche iba haciéndose, amplia, suelta, fragmentaria, de una suma de reflexiones y aforismos que entremezclaban tanto imágenes como itinerarios. En ella no es posible distinguir “métodos” ni “sistemas”. Es una escritura que asume como suya la regla esencial del camino: el recorrido lo es todo. Por eso ella parecía avanzar moviéndose siempre según la marcha de un ritmo originalísimo; evocando incesantemente el propósito de verbalizar el mundo desde la lucidez y la pasión; tratando de enfrentarse a todos los temas, todas las controversias, todos los dogmas, todas las paradojas, todas las verdades…

En La gaya ciencia, Nietzsche hace esta confidencia: “escribo para deshacerme de mis pensamientos”. Deshacernos de nuestros pensamientos: librarnos de los fardos acumulados, aligerar nuestros pasos. Es necesaria la ligereza para continuar el recorrido. En algún momento, Nietzsche habla de un arte “travieso, ligero, bailarín, burlón, infantil y alegre para no perder esa libertad por encima de las cosas que nos exige nuestro ideal”. Arte ligero: ¿arte que acompaña los aprendizajes del vivir?, ¿arte de la transformación?, ¿arte del recorrido por entre el barullo y la confusión? Al arte ligero debía corresponder un espíritu ligero, algo que no significa, en lo absoluto, superficialidad de espíritu. Ligereza implica saber andar libremente por el camino: sorteando en él sus asperezas y sus frecuentemente indescifrables desenlaces. Ligereza para escribir y seguir avanzando sin cesar nunca de aprender de las propias sorpresas.

Si pensamos, dice Nietzsche en algún otro momento, “no hay reposo”. El pensamiento busca respuestas que son descubrimientos; verdades propias: particulares y personales, también comunicables. Una verdad no puede guardarse, dice Nietzsche: tiene que salir fuera de quien la posee para conocer la luz y el contacto con los otros. “Todas las verdades que se callan se hacen venenosas”, dice. Verdades y no convicciones: las convicciones, comenta, son “más poderosas que las mentiras”. Y, en otro lugar: “De las pasiones nacen las opiniones: la pereza de espíritu las hace cristalizar en convicciones”.

La individualidad humana va dibujándose en medio de la búsqueda de verdades. La vida posee verdades que debemos descubrir: verdades para nosotros, verdades nuestras. Y el entorno bien podría ser modificado por la fe que depositemos en ellas.

Toda verdad, en el fondo, no deja de ser una ficción, una interpretación. Cada quien lleva sus verdades en sí mismo. “Por muy ávido que sea mi conocimiento -dice Nietzsche en La gaya ciencia– no puedo extraer de las cosas sino lo que ya me pertenece”. Esto es: me reconozco dentro del mundo y reconozco el mundo dentro de mí.

A lo largo del camino, todo es transformación. Nuestras verdades cambian porque nosotros cambiamos. La sabiduría va llegando lentamente a través de interminables aprendizajes que nos arrastran hacia nuevas verdades. En La gaya ciencia, Nietzsche comenta: “Ahora te parece un error lo que en un tiempo amaste como verdad o probabilidad: lo rechazas, y crees que se trata de un triunfo de tu razón. Sin embargo, tal vez ese error fuera para ti en ese entonces, en que aún fuiste otro -siempre eres otro- tan necesario como todas tus ‘verdades’ de ahora”.

Nietzsche expresa un saber que suponemos muy semejante al origen del filosofar en el mundo griego: un esfuerzo con que guiarnos dentro del camino: para crecer y llegar a ser felices, o, al menos, para sobrevivir dentro de él. Nietzsche se refiere, en algún momento, al estoicismo y al epicureísmo como saberes fundamentales de la supervivencia. Epicúreo es quien aprovecha las circunstancias que le ofrece la vida para disfrutarlas en toda su plenitud. Estoico es quien sabe resignarse ante lo que no podría ser cambiado. El epicúreo selecciona, escoge. El estoico acepta lo inevitable. Nietzsche comenta en sus palabras: “El epicúreo selecciona la situación, las personas y aún los eventos que corresponden con su extrema irritabilidad intelectual y renuncia a lo demás porque sería indigno para él una comida demasiado fuerte e indigesta. En cambio el estoico se ejercita en la ingestión, sin asco, de piedras y gusanos, vidrio picado y escorpiones; su estómago tendrá que terminar siendo indiferente a todo lo que vuelque en él el azar de la existencia”.

Nietzsche enfatiza en la importancia de lo irracional dentro de la vida del hombre. Sentimientos y pasiones caracterizan nuestras actitudes tanto como las ideas y los argumentos. La vida no es sólo lógica. Es, también y quizá sobre todo, pasión, duda, deseo. La historia anecdótica de los grandes sucesos humanos, dirá en algún momento, no es tan expresiva como podría serlo la historia de los sentimientos; una historia que evocaría la memoria de los sufrimientos y devociones de los pueblos, sus desprecios tanto como sus admiraciones, sus mitos y sus aceptadas mentiras.

Nietzsche opone la sabiduría del contemplador a la del hombre de acción. El primero, logra dibujar “el mundo que le importa al hombre”. El mundo que nos rodea, que conocemos, que nos identica e identificamos, es el mundo creado por la palabra y la imaginación de los contempladores. Ellos son los verdaderos autores del universo humanizado. Ellos, en su imaginación, en su verbalización, son creadores del espacio que nos envuelve y habitamos. “¡Nosotros -dice Nietzsche- hemos creado el mundo que le importa al hombre! Sin embargo, precisamente esto no lo sabemos, y cuando por un instante, captamos ese saber, lo olvidamos al momento: los contemplativos desconocemos nuestra mejor fuerza y nos valoramos en un grado demasiado bajo -no somos ni tan orgullosos ni tan felices como podríamos serlo”.

Nietzsche habla de la locuacidad de los escritores: la de la ira, por ejemplo, que le imputa a Schopenhauer; o la de la conceptualización, que le achaca a Kant; o la del deleite de buscar palabras nuevas para decir las mismas viejas cosas que le adjudica a Montaigne… Nietzsche poseyó como locuacidad totalmente personal la de una individualidad lúcida y apasionada, inquisitivamente colocada frente a un mundo que, por sobre todo, era preciso comprender. No puedo dejar de recordar las Memorias del subsuelo de Dostoyevski, novela donde su protagonista, el hombre del subsuelo, comunica a sus lectores todo cuanto percibe desde el espacio de su conciencia; un espacio que, a la vez que lo aísla, le permite vislumbrar mejor, entender mejor. Nietzsche, con su palabra se muestra, también, como un ser subterráneo; un contemplador que, desde el escondrijo de su conciencia, divisa -y cuestiona- una vastedad infinita colocada ante él. Por cierto, el propio Nietzsche en El crepúsculo de los ídolos, hace un abierto reconocimiento a la importancia de Dostoyevski en su obra. “Dostoyevski -dice-, el único psicólogo, dicho sea de paso, del que yo he tenido que aprender algo: él es uno de los más bellos golpes de suerte de mi vida…”

Para Nietzsche la vida es intemperie y es azar. Terrible e inexplicable, ella es riesgo interminable. El ser humano se esfuerza constantemente en conjurar ese riesgo. Un antídoto contra él será la voluntad; otro, la escritura, el arte. El arte es coherencia, sentido expresivo, unidad orientadora. “El arte -explica- es una forma de proporcionar un alivio a la conciencia sobrecargada de sensaciones … Del arte se puede pasar más fácilmente a una ciencia filosófica verdaderamente liberadora”. Y, en otro momento: “Crear: éste es el gran alivio al dolor y lo que hace fácil la vida.” El arte condensa y expresa. Toca lo elusivo, alcanza a definir lo indefinible. El arte nunca podría ser falso. No puede engañar. El se asocia a lo más genuino y veraz del tiempo humano.

La palabra de Nietzsche se propuso ahondar en el desenmascaramiento constante de numerosísimas paradojas humanas. Verbigracia la de que principios errados puedan generar gestos y comportamientos legítimos. O la de que la esperanza sería el peor de los males al prolongar torturadamente las ilusiones de los hombres. O la de que las malas acciones de éstos podrían, acaso, ser motivadas por un instinto de conservación, en cuyo caso dejarían de ser “malas” para convertirse en “necesarias”. O la de que el hombre piensa que lo bueno se impone por sí mismo y lo malo no; cuando bien podría suceder lo contrario: que las cosas buenas no se aceptasen, en tanto que los errores sí. Tales paradojas, dice Nietzsche, no son sino una directa consecuencia de algo: los hombres nos rodeamos de ficciones para entender, para identificar, para actuar; espejismos para guiarnos; ideas para poder continuar en el camino.

A fines del siglo XIX, una idea -un espejismo- el progreso, pareció deslumbrar a casi todas las mentes. Nietzsche desconfió de ella. La consideró culpable de deformar visiones y creencias. Frente al progreso, ante la idealización del futuro, Nietzsche erigió su propia idea: la de la necesaria afirmación del ser humano en el aquí y el ahora, la de una interminable apuesta del individuo hacia todos sus momentos vividos. La apuesta por el ahora significa afirmarse ante la vida diciéndole “sí”. Vivacidad de la vida y vivacidad de todos los instantes que la componen. La existencia -postula Nietzsche- bien pudiera ser para el ser humano un premio o una pesadilla. Una pesadilla para todo aquél que no sepa vivirla, disfrutarla o entenderla; un premio para aquellos seres capaces de afirmarse en la interminable aserción de su voluntad y de rechazar el escapismo fácil de las promesas religiosas (Para Nietzsche un ser de espíritu religioso que niegue esta vida en beneficio de la vida ultraterrena es, ante todo, un desperdiciador).

Como dije antes, la palabra del camino se desvirtúa al aspirar a convertirse en comunicación de la prédica o de la profecía. En ambas incurrió Nietzsche en diversos momentos de su obra, pero, muy especialmente en Así habló Zaratustra, libro donde se abandona la necesaria mesura de la palabra del caminante en beneficio de la premonición de nuevos signos históricos. Así habló Zaratustra es un símbolo de edades nuevas protagonizadas por hombres nuevos. “Con una voz fuerte -dice Nietzsche- se es casi incapaz de pensar cosas sutiles”. Es la mejor prueba de algo totalmente perceptible: nada en Así habló Zaratustra podría merecer el calificativo de “sutil”.

La parábola que es Así habló…, escrita a finales del siglo XIX, se comunica muy estrechamente con cierto sentido ético de nuestro siglo XX, una época que ha impuesto a los hombres la moral necesaria de los supervivientes. Hoy, más de un siglo después, desvanecido definitivamente el espejismo del progreso, lo que perciben los hombres a su alrededor no es la decadencia que presintió Nietzsche sino otra cosa: el apocalipsis. La noción del riesgo apocalíptico evoca un porvenir que peligra en cualquier posible error humano. La visión apocalíptica dice que el futuro depende de este presente que estamos construyendo ahora.

Como alguna vez he comentado, el sentimiento de habitar un mundo al borde del apocalipsis, arrastra a los seres humanos hacia dos actitudes opuestas; de un lado, la autodestrucción; del otro, un esfuerzo de supervivencia. “Lo imprevisible genera imágenes de opciones contrapuestas: vivir o morir, crecer o decaer, debilitarnos o fortalecernos, perdurar o desaparecer… El tiempo del apocalipsis es el del presente sin mañana, el de la desesperación circular. El tiempo de la supervivencia es el del equilibrio en medio de lo siempre precario, el de la previsión ante lo inesperado, el tiempo donde no existen ni débiles ni fuertes, porque todos, eventualmente, somos débiles; porque todos, definitivamente, somos vulnerables”. Autodestrucción es pulsión de muerte, hedonismo fácil, consumismo, vacuidad, fragilidad de referencias y relaciones, evanescencia de significados y valores. Frente a esto, la supervivencia podría concebirse como la iniciativa creadora dentro de los espacios clausurados, una fuerza vitalizadora dentro de lo devastado y lo precario.

La supervivencia para Nietzsche consistía en decir “sí” a la vida, a la pasión del vivir. Si “Dios ha muerto”, entonces la absoluta soledad del hombre podría -debería- conducirlo, más que hacia la desesperación y la desmesura del “todo está permitido”, hacia la plena entrega a la vida. Voluntad de sobrevivir expresada en pasión por la vida, intensidad de vida.

Del “silencio eterno de los espacios infinitos que ignoro y que me ignoran” de Pascal a la “muerte de Dios”, de Nietzsche: el paso de la historia humana fue apuntando hacia la necesaria autosuficiencia del hombre, a su independencia y su soledad. Una soledad que proclama que el destino de los hombres pertenece únicamente a sus obras, que son éstas su propio cielo o su propio infierno. Cielo o infierno, felicidad o infelicidad, plenitud o vacío: posibilidades opuestas que reposan en las manos de seres humanos capaces de crecer o desmoronarse, de sobrevivir o desaparecer.

Nietzsche fue uno de los primeros en intuir que los seres humanos habíamos entrado “en una época en que la civilización está en peligro de sucumbir a causa de los medios de la civilización”. Las respuestas de Nietzsche aludieron una y otra vez a la visión de un ser que lograría sobrevivir y crecer dentro de un tiempo sin dioses y sin ideales de futuro sólo si se afirmaba en él mismo y en la validez de sus obras y respuestas; un nuevo individuo diferente a quien todo podría permitírsele, todo salvo la incapacidad para sobrevivir.

Dice Nietzsche en La gaya ciencia “¿Qué es originalidad? Ver algo que aún no tiene nombre, que aún no puede ser nombrado aunque esté a la vista de todo el mundo … Los hombres originales han sido, en general, también los ponedores de nombres”. Nietzsche, desde su propia peripecia de lúcido e inquisitivo caminante, desde su voz, desde su palabra del camino, colocó nombres, muchos de los cuales hoy todos repetimos. Nombres que identifican gran parte de los signos éticos de nuestro tiempo al describir, de tantas y tan certeras maneras, la pluralidad y la incertidumbre. Nietzsche fue original en su tiempo y sigue siéndolo aún en el nuestro porque su voz individual supo vislumbrar por entre la voz de la historia. De allí que haya podido nombrar tan acertadamente el porvenir y sus premoniciones resultar tan proféticamente exactas.

 

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